El ‘big bang’ de la poesía moderna

‘Matemática tiniebla’ reúne por primera vez las revolucionarias ideas estéticas de Poe, Baudelaire, Mallarmé, Valéry y Eliot – Con ellas nació la lírica del siglo XX

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Como en la Biblia, también en la historia de la literatura la piedra que un día desecharon los arquitectos termina a veces convertida en piedra angular. En 1948, el mismo año que obtuvo el Premio Nobel, T. S. Eliot resumió con crudeza en una conferencia la idea que por entonces tenía de Edgard Allan Poe, muerto un siglo atrás, “cualquier lector culto” anglosajón: “Es el autor de unos pocos poemas breves que le cautivaron cuando era niño, y que de algún modo se le han quedado grabados en la memoria. No creo que relea estos poemas, a menos que los encuentre en una antología. Su placer es la memoria de un placer”. Y añadía: “Consideramos a Poe como un hombre que jugueteó con el verso y con algunas formas de prosa sin llegar a hacer realmente un gran trabajo en ninguno de estos géneros”.

Eliot no dudaba de la influencia de su compatriota en “algunos tipos de ficción popular”, pero el canon no parecía estar al alcance de aquella “suerte de europeo desplazado” que no pasó de arrastrar su mala vida por la Costa Este. Es decir, un “provinciano”. Afirmaciones así sorprenderían hoy a cualquiera que hace solo dos años asistiera al bicentenario del autor de El cuervo, beatificado, antes que por Lou Reed, por el fervor que le tuvo Kafka y, en español, por la traducción que Julio Cortázar hizo de sus cuentos.

En la misma conferencia, Eliot subrayaba la paradoja de que aquel escritor juguetón fuera a la vez el maestro de los maestros de la poesía moderna. Más de medio siglo después, aquella paradoja ha quedado, si no resuelta sí esclarecida en Matemática tiniebla (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores), un volumen en el que el poeta y filósofo Antoni Marí ha recopilado los ensayos sobre poesía que, en efecto dominó, publicaron tanto Poe como aquellos que entendieron que su obra era el big bang de la lírica moderna: Charles Baudelaire, Stéphane Mallarmé, Paul Valéry y, casi a su pesar, el propio Eliot.

El resultado es un libro de título nerudiano que, recuerda Marí, hasta hoy no existía más que en aquella sugerencia del autor de La tierra baldía: “Ni en inglés ni en francés hay una recopilación similar”. Traducido por los poetas Miguel Casado y Jordi Doce, Matemática tiniebla describe el modo en que leyó a Poe cada uno de sus fervientes, e influyentes, seguidores franceses.

Así, Baudelaire vio en él tanto la encarnación del poeta maldito en un país que olía “a comercio” como un maestro de la brevedad, la intensidad y la búsqueda consciente del efecto poético. Nada de desahogos sentimentales. Por su parte, Mallarmé, devoto a su vez de Baudelaire, aprendió en el estadounidense la importancia de la técnica del verso: más decisivo que el propio sentido de las palabras es lo que sugiere su sonido y la asociación entre ellas. A Valéry, finalmente, le interesó de Poe la teoría de la poesía hasta el punto de defender que el proceso de escritura era tan importante como el resultado. Según él, la producción de una obra de arte también puede ser arte, una pequeña revolución cuyo éxito puede comprobarse menos en las bibliotecas que en los museos contemporáneos. Como recuerda Antoni Marí, desde la perspectiva moderna de los hijos de Poe, la poesía “es autosuficiente y no necesita referencia exterior a sí misma”. Un poema moderno “no debe significar sino ser”: “Lo importante no es el contenido de la forma sino la forma del contenido”.

Aunque Matemática tiniebla termina en Eliot, Antoni Marí afirma que el hilo rojo del libro sigue su camino. “Por centrarnos en la tradición hispánica reciente, Valente surge de ahí dentro. Lo mismo que, aunque parezca paradójico, Gil de Biedma, por la parte menos trascendental. ¿Entre los vivos? Antonio Gamoneda, que ha traducido a Mallarmé. Le mandé el libro y me dijo: ‘has hecho mi autorretrato: estoy ahí en todas partes”. Desde su casa de León, y mientras corrige “una montaña” de poemas inacabados y trabaja en 30 folios de “garabatos” destinados a continuar sus memorias, Gamoneda reconoce sentirse “más cerca de las enseñanzas de los simbolistas franceses y sus afines” que de la tradición hispánica: “La poesía no está en el tema ni en las palabras usadas como ornamento. El lenguaje poético tiene una naturaleza musical propia. Yo no sé lo que sé hasta que no me lo dicen mis propias palabras”, afirma el premio Cervantes de 2006.

Y para los lectores, ¿cuál es hoy el lugar de la poesía? “La gran poesía”, dice Marí, “es una mezcla de pensamiento, sentimiento e imaginación que exige una disposición especial, un ejercicio mental que muy pocos están dispuestos a hacer porque la satisfacción que produce no se mide en utilidad. Por eso, como dice Francisco Brines, la poesía no tiene público, tiene lectores”.

LA MÚSICA. Edgar Allan Poe (1809-1849).

“Música, en sus diversas facetas -metro, ritmo, rima-, es un momento tan vasto de la poesía que no es posible rechazarla sabiamente; sé bien que es un soporte de tan vital importancia que sería un necio quien declinara su ayuda […] Es en la música donde el alma alcanza ese gran final por el que lucha al recibir la inspiración del sentimiento poético”.

LA AUTONOMÍA. Charles Baudelaire (1821-1867)

“El artista, si es hábil, no acomodará sus ideas a los incidentes, los combinará para llegar al efecto querido […] La poesía no tiene otra finalidad que ella misma; no puede tener otra, y ningún poema será tan grande, tan noble, tan auténticamente digno del nombre de poema, como el que se haya escrito solo por el placer de escribirlo”.-

EL SILENCIO. Stéphane Mallarmé (1842-1898)

“El canto brota de manantial innato, anterior a un concepto, tan puramente como reflejar hacia fuera mil ritmos de imágenes. La armazón intelectual del poema se disimula y sostiene -tiene lugar- en el espacio que aísla las estrofas y entre el blanco del papel: significativo silencio que no es menos hermoso que componer versos”.

EL RITMO. Paul Valéry (1871-1945)

“Lo que se canta en los instantes más solemnes o más críticos de la vida son palabras que no se pueden separar de un cierto tono […] el acento y el ritmo de la voz las llevan más allá de lo inteligible que suscitan: se dirigen a nuestra vida más que a nuestra cabeza. Quiero decir que estas palabras nos incitan a llegar a ser, mucho más de lo que nos animan a comprender”.

LA ARMONÍA. T. S. Eliot (1888-1965).

“El valor poético, tal vez debería decir el significado poético de un fragmento en verso, depende de tres cosas: el significado literal de la palabra, sus asociaciones y su sonido. […] Si la palabra suena de modo inadecuado, la superficie del poema queda dañada; si tiene el significado equivocado, el poema se deshará en las manos. En ningún caso el resultado es poesía”.

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