Mi vida como payaso. Álex de la Iglesia por Álex de la Iglesia

ÁLEX DE LA IGLESIA 12/12/2010  EL PAIS.COM

http://www.elpais.com/articulo/portada/vida/payaso/Alex/Iglesia/Alex/Iglesia/elpepusoceps/20101212elpepspor_7/Tes

“La realidad de la gente famosa tiene mucho de absurda y surrealista. Incluso algo de patética. Como muchos otros, soy un individuo que se disfraza para trabajar”. El director de cine Álex de la Iglesia nos cuenta su vida días antes del estreno de ‘Balada triste de trompeta’.

Un día cualquiera

Hoy me levanto a las seis y media. Ayer me acosté a la una y media, tras cuatro infructuosas horas en el aeropuerto intentando coger un avión. No puedo dejar de verme como un payaso, pero me gusta contarlo, hacer el ridículo redime mis penas… Llego con la lengua fuera. Me quito las botas, el cinturón, los líquidos, la dignidad, el respeto, y los deposito cuidadosamente en unas bandejas de plástico al pasar el control. Contemplo la posibilidad de rodar una secuencia sobre esta situación: “Un neurótico compulsivo decide volar a Estados Unidos disfrazado de oficial alemán, con una maleta llena de carne de cerdo cruda, tres kilos de heroína, dos litros de semen de caballo en su equipaje de mano, una automática en un bolsillo y el Corán en el otro, solo para fastidiar”. Después de dos horas recluido como un apestado en la zona de fumadores, leo “embarcando” en un monitor. La mujer de la sala de espera me comenta que sí, que están embarcando, mientras hojea un revista. Ahora ya no avisan en el aeropuerto. Cuando llego a la J52 están retirando el finger. Pienso en volver y ametrallar a esa mujer, pero no tengo ametralladora, ni ganas, ni tan siquiera dos litros de semen de caballo que arrojarle a la cara. Imploro reemplazar este vuelo por el de la mañana siguiente. Como era de esperar, mi billete es una ganga, como de tómbola de feria, y no admite cambios ni nada. Pago lo que piden y consigo otro para el día siguiente. Pido una hoja de reclamaciones y en el apartado de observaciones exijo disculpas. Al alejarme escucho risas a mis espaldas.

La noche

Humillado y ofendido, me meto en la cama. No me duermo. Ya no duermo, me limito a colocar mi cabeza sobre la almohada y esperar a que llegue el día siguiente. Necesito paellas de Orfidal para conciliar el sueño, y para colmo, no encuentro ni uno solo. Mi cerebro entra en esa zona confusa de pensamientos que se asemeja al sueño, pero que no llega a serlo. Todo se mezcla: las entrevistas del día siguiente, la conferencia en la Universidad de Málaga, la sensación de no haber hecho los deberes, mi padre, el dadaísmo, la academia de cine, la escuela de Francfort, un plato de callos picantes, cortezas de cerdo retorcidas como las curvas de una mujer, Raquel Welch en Hace un millón de años, todo da vueltas a mi alrededor, como si mi cabeza fuese una lavadora centrifugando. A las seis y media me levanto, y la almohada, repugnante, me recuerda a la esponja que utilizaba Joe Pesci para limpiar la sangre de Robert de Niro en Toro salvaje.

Volando

En el avión pienso en películas que no he rodado porque me retiraron el finger. Fu-Manchú, la Marca amarilla… Yo quiero tener un millón de amigos…. Se me presentan también películas que sueño con rodar. Quiero rodar una película de un hombre que se excita haciendo el ridículo. Un atraco en medio de una procesión de Semana Santa. La vida de Tristán Tzara. Me gustaría rodar un guión de Buñuel que tampoco él consiguió llevar a cabo, Allá abajo, de Huysmans. Me viene a la cabeza la imagen del puño del Nexus 6, implorando tiempo, tiempo… Me duermo y me despierto con el choque de las ruedas sobre la pista de aterrizaje. Todo el avión me mira con desprecio. Al parecer, he debido de roncar tanto, que los niños lloran, aferrados al regazo de sus madres.

Hablando demasiado

Llego a la conferencia y descubro con estupor que la audiencia está interesada en mi labor como presidente. Cuando hablo de mí (más fácil porque me conozco desde pequeño), lo hago con la inseguridad característica de alguien que no tiene ideas fijas, y que posee un callo considerable a la hora de tapar con argamasa sus nada despreciables agujeros intelectuales. Sin embargo, como presidente de la Academia, preciso de excavadoras industriales para verter toneladas de cemento sobre enormes extensiones de ignorancia, y el proceso me lleva un tiempo, un tiempo de delay en mis palabras, como un diálogo fuera de boca en un doblaje.

El universo del discurso

Primero surgen en mi cabeza, por defecto, mis propios textos, lo que yo opino realmente sobre el asunto a tratar: “Cine, ¿arte o industria?, Internet, piratería, lo mal que hacemos las películas, la relación producción-distribución-exhibición, las televisiones y el 5%, la ley audiovisual, dónde está Garci, qué se cuenta Almodóvar”. Mis opiniones son archivadas instantáneamente: provocarían una estampida en la conferencia, desmayos entre espíritus sensibles, llamadas de las radios y titulares obscenos en los periódicos del día siguiente. Pienso después (todo en décimas de segundo) en lo que debería decir para no tener problemas, algo políticamente correcto y suavemente picante que haga las delicias de niños y grandes. Esto lleva más tiempo porque, diga lo que diga, molestará a alguien. Paso directamente a una especie de mix entre lo que pienso, lo que no molesta y algo estúpido que surge en mi cabeza sin que yo lo controle, producto de una inspiración idiota súbita. Me oigo a mí mismo escupiendo las palabras, y advierto sorprendido que no estoy de acuerdo con lo que digo. En la segunda pregunta intento acercarme a mi opinión con cautela. La tercera cuestión la ignoro por completo y hago un chiste-camuflaje. Extiendo una capa de risas sobre el tema. Todos advierten mis carencias, pero al menos, se lo pasan bien. Ahí llega la depresión, ese momento en toda conferencia en el que soy consciente de la farsa, de lo absurdo de mi vida, de lo hostil, agresivo e imposible que es comunicarse, de lo violenta que es la palabra, acompañada de una mirada, un gesto. Siento vértigo. Quiero huir, pero no de la conferencia, del planeta. Me recompongo. Me refugio en algo mentalmente confortable: “Si acaso quieres volar, piensa en algo encantador”. Recuerdo a Tallafé, uno de los actores de mi película, robándole el camisón a mi productora y sacándose fotos con él en posturas provocativas. Eso hace que me sienta mejor y termino la charla, sin tiempo para saludar a los amigos.

Spain Wars

Después de la conferencia, entrevistas con televisiones y radios. Ya no me impresiona que la gente pueda llegar a creerse las mentiras que se oyen sobre la profesión. Me asombra que las den por sentado. Uno se acostumbra a escuchar barbaridades, dichas como algo inocuo, sin pararse a pensar en los miles de personas implicadas. ¿Qué hacer? Lo primero, no quejarse jamás. Lo segundo, convencer con hechos. Hay que trabajar duro, dejarse la piel, mirar a los ojos a quien nos ofende y responderle con una sonrisa. Precisamente de eso trata Balada: de la intransigencia hostil y soterrada que infecta la vida de este país desde hace décadas.

Vuelvo a Madrid y en el avión reescribo el guión de mi próxima película en base a las localizaciones que hicimos el otro día en Cartagena, ordeno los preparativos para la gala de los Goya (Dios, coincidirá de nuevo con el rodaje) y respondo a unos 30 mails con dos frases porque no da tiempo para más. Son las siete y media. Miro mi calendario y había quedado con tres personas a las siete. Elijo una de las reuniones al azar y me disculpo patéticamente con el resto. Al llegar a casa, marco las correcciones del tráiler de la película. Tienen que posproducirlo al día siguiente.

El maldito móvil

Recibo una llamada de un número muy largo. Los números largos me acojonan, suele tratarse de radios preguntándome por algo que ha ocurrido y hay que hablar de ello sin previo aviso, como la muerte de algún compañero. “¿Qué puedes decirme de la muerte de Manuel Alexandre?”. Me sueltan en la oreja, como un disparo. “Perdona, ¿no lo sabías? Lo necesitamos para las noticias. Dinos algo, con un par de frases vale”. Es como si se me hubiera muerto un familiar cercano. Recuerdo su voz, su sonrisa. De nuevo surgen películas en mi cabeza, las imágenes que han modelado mi vida, los momentos que han hecho de mí lo que soy. En las más importantes veo a Manuel Alexandre, o a José Luis López Vázquez, de cuya muerte también supe a través de la radio. Debería ir al tanatorio antes de pasar por mezclas. No sé si me dará tiempo. Mañana es el funeral.

Tengo que repasar la bobina seis esta noche porque mañana sacan el máster y tirarán las copias. No he visto nunca la película completa filmada. A Venecia mandamos un DCP, imagen digital en un disco duro. Filmada gana contraste y cuerpo, como el vino. La película en celuloide (bueno, ya no es celuloide, es plástico) vibra, vive. Resulta más atractiva porque es ficticia, irregular. La obturación imprime un sabor al movimiento que desaparece en la imagen digital. Panear con la cámara es diferente, el filage es más bonito. Como el vinilo. Oh, Dios. Huelo a viejuno por todas partes.

22.00

Corregiría, como siempre, un par de planos, pero no puedo retrasarlo todo más. Doy el OK a la copia. Salgo de Cinearte a tiempo de coger un taxi y presentarme en el programa de Wyoming, por la promoción. Obviamente, no hablo de mi libro, como diría Umbral. Me dan un guión. Si tuviera tiempo, discutiría los chistes, que pensarán que son míos. Digo lo que me dicen, y no me quejo. Suerte que tengo.

Llego a mi casa, respondo más mails. El funeral de mañana, hay que cambiar un par de reuniones. Estoy retrasando la preproducción de mi próxima peli porque se solapa con la promoción de esta. Eso provoca un caos, una actriz de Hollywood que debería rodar la peli, puede que no la ruede. Por otro lado, el actor protagonista tiene que grabar el especial fin de año. Decido retrasarlo. Me llama la actriz. Me pide que vaya a verla a París. “¿Cuándo?”. La actriz se mosquea. “¿Es esto serio?”. “Todo lo serio que puedo llegar a ser”. No es mucho. En cualquier caso, podría aprovechar para tener una reunión en París con Liberatore (otro proyecto). No puedo ir a Trieste, ni al homenaje a Sancho Gracia (que se enfadará, seguro), ni a Valladolid: quedo mal con todo el mundo. ¡Pero no puedo decir que no a los premios de cine europeos! Me llama mi madre, a ver qué tal estoy. Le digo que bien.

Me voy a la cama. Son las tres. La almohada, que corretea por la habitación como un perrillo, no se deja atrapar. Caigo sobre ella y pienso en el póster (que tiene que estar corregido ya). Hay que cambiar la foto de Antonio, está ligeramente desenfocada. Todavía recuerdo el día en que surgió Balada, en el Boadas, de Barcelona. Dry martinis, Carolina Bang y Carlos Areces. “Me gustaría rodar una película sobre un payaso asesino”. “¿Por qué se convierte en asesino?”. “Por… algo que le pasó en el pasado a su padre…”. “Murió construyendo la cruz del Valle de los Caídos”. Pensamiento automático: la historia surge a borbotones. “… Una lucha a muerte, por venganza. ¿También era payaso? Sí. Él no tiene gracia… por eso los niños no le quieren. El payaso tonto sí tiene gracia, una gracia enorme, que le llega hasta la rodilla. El payaso triste se muere de celos. ¡Se enamora de su novia… la acróbata!”. Dos hombres enfrentados por el amor de una mujer, como en las de Lon Chaney.Garras humanas. El que recibe las bofetadas”.

Pánico

Me despierta el maldito móvil. A un amigo le ha dado un ataque, está en La Paz. Se le ha paralizado la mitad de la cara. Mala racha. No paraba de llamarme, pero yo no le cogía el teléfono. Ahora sí que no duermo. Ahora no duermo ni de coña.

Pesadillas

Desde que hago cine, en los rodajes, la pesadilla es la misma: doy vueltas en la cama, y no lo hago bien. Todo el equipo está alrededor de mi cama y me ruedan cómo duermo. Las vueltas no valen, doy vueltas y vueltas, rebozado en sudor, y no sale. Una toma y otra, y otra. Así surgió todo, en la cocina de los sueños, horneando ideas recalentadas. Huelo a quemado cuando pienso en lo que me da miedo. La guerra, el terrorismo, el ansia de venganza. Mañana me levanto a las siete, y debería dormir. Tengo que entregar este mismo texto que estoy escribiendo ahora. Son las dos de la mañana.

Perdiendo la razón

Me piden un diario de rodaje. Esto es más sincero. Es saludable quitarse el maquillaje de vez en cuando. Yo soy un payaso, un individuo que se disfraza para trabajar, como muchos otros. También podría identificarme con un bombero, por aquello de no pensármelo dos veces. Hacen lo que tienen que hacer sin tiempo para reaccionar, y algunas veces se les prende fuego el culo, como a mí. Pero no seamos pretenciosos. Mi trabajo no es tan arriesgado, desde luego, y sobre todo no tiene una función pública evidente.

Hermenéutica de la lentejuela

El payaso tiene algo ridículo que me fascina: está totalmente pasado de moda, algo incomprensible para las generaciones de la videoconsola. ¿Por qué tiene la nariz roja? ¿Ha bebido demasiado? ¿Quién dijo que los zapatones son graciosos? ¿Por qué los colores chillones? Digamos en su favor que, desde cierto punto de vista, el payaso tonto posee una lectura infantil atractiva, pero ¿y el payaso triste? Claramente, no es gracioso. Esconde algo siniestro, con esa ceja enorme (de listillo odioso), las orejas rojas, la lágrima, el traje de lentejuelas. Se caracteriza por un enigmático abultamiento del pantalón a la altura de las caderas. Hay algo afeminado en su aspecto que resulta inquietante. Digámoslo de una vez: existe una conexión primigenia entre el payaso, el cura y el torero. No solo son sus trajes de luces. Los tres son claramente femeninos, responden a un pasado arcano ininteligible, despiertan sentimientos ocultos, contradictorios. Los tres protagonizan rituales sacrificiales. El torero rememora el sacrificio ritual del toro, símbolo del poder. No olvidemos Cnossos. Los toreros bailan frente al toro. El sacerdote sacrifica simbólicamente a Cristo, ofreciéndolo en cuerpo y sangre a sus fieles, en un auténtico festín caníbal arquetípico, ataviado de túnicas de colores chillones. El payaso, también dentro de un círculo, se inmola haciendo el ridículo, redimiendo sus pecados y los de los espectadores. La lucha del payaso tonto y el payaso triste festeja el nacimiento y la resurrección del humor. La muerte de la violencia, asesinada por la carcajada… Y yo sin dormir. No me extraña que se me vaya la olla.

El origen del dolor

No puedo dejar de contar algo que encontré escondido en mi cerebro tras una entrevista en Venecia. La extraña conexión entre violencia y humor, entre el miedo y el deseo. No solo Rudolf Otto, un humorista alemán extraordinario, se rallaba con este siniestro collage de conceptos. Humor, amor, horror. misterium fascinans y misterium tremens. Detrás de todo lo que deseamos surge siempre algo siniestro, oculto tras un velo. Obviamente, la idea no es mía, como ninguna, pero esta puedo decir que la he vivido, a los cuatro años.

Frente al colegio de los jesuitas en Bilbao hubo un tiroteo entre la policía y miembros de ETA. Yo pasaba por allí media hora después. En la otra acera, la tienda de chuches Fernando. Todavía recuerdo los agujeros de bala en el aluminio de la puerta. Cuando llegué vi los cristales rotos y las chuches por el suelo. Regaliz rojo, refrescos, chicles Dunkin, gominolas. Al cogerlos estaban empapados en sangre. A su lado, casquillos de bala. Me lo metí todo en el bolsillo mezclado. Sangre, casquillos y chuches. A la salida del cole, en la puerta, un tipo pasa a nuestro lado corriendo como un cohete. Nos lo quedamos mirando, intrigados. De pronto, otro individuo, este más gordo, se tropieza con nuestras maletas del colegio (no existían las mochilas) y cae al suelo, derrapando unos cuatro metros (como la trapecista en la película). Choca contra un coche y se levanta al instante. Nos mira, buscando algo. Sigo su mirada y veo una pistola. La coge del suelo y sale corriendo tras el otro tipo. No recuerdo haberlo comentado con mis compañeros de clase, y no lo comenté en casa. Al poco tiempo se me olvidó, y hasta ahora. La verdad es que contar todo esto no viene a cuento. Es una auténtica payasada.

 

Cinco segundos. En apenas cinco segundos, Álex de la Iglesia pasó de las dudas al sí. “¿De payaso? ¿Pero por qué queréis que me disfrace de payaso? ¿No sería mejor que la foto fuera algo más institucional?, soy presidente de la Academia de Cine”. Esto último lo dijo ya riéndose, con ironía, sabiendo la segunda parte de su respuesta. Cinco segundos. “Venga, sí, lo que queráis, sí, pero de payaso triste”. Fue su única condición. Que el disfraz fuera el de payaso triste. “El payaso triste es el que más sufre. El tonto es el que disfruta, pero el que recibe las bofetadas es el triste, ese que busca la complicidad con los niños que no tiene”. Llega a la sesión fotográfica en taxi. Viene de comer en un japonés y, antes, de grabar una entrevista en una televisión. Lleva así varios meses, no comiendo en japoneses -aunque, por los 40 kilos que ha perdido, podría parecerlo-, que le encantan, sino recorriendo los medios de comunicación. La promoción de Balada triste de trompeta y su trabajo al frente de la Academia de Cine, que se ha tomado más que en serio, le dejan extenuado. Pero ahí está el Álex de la Iglesia de siempre, despierto, vivo, rápido, listo. Viene con dos trajes protegidos en bolsas de plástico: su esmoquin, ese que utiliza en las grandes ocasiones, y el disfraz de payaso, especialmente adaptado para él por Paco Delgado, responsable del vestuario de Balada triste de trompeta. No es fácil elegir el mejor momento de la sesión. Si el del maquillaje: Álex de la Iglesia, sentado frente a un espejo iluminado, dando instrucciones sobre cómo pintar su rostro, mientras habla por teléfono con su hermana o acepta la invitación para participar en la gala de los premios de la Academia de Cine Europeo. “Yo creo que podíamos oscurecer un poco más la barba”, señala, entre divertido y profesional, muy en su papel. Por supuesto, la nariz roja pintada directamente en la piel, sin aplique ninguno. Y las orejas. “¿Las orejas rojas también?”, pregunta algo extrañada la maquilladora. “Sí, sí”, responde decidido. Con el esmoquin y el rostro blanco y rojo, ya no atiende su móvil y solo está pendiente de las sugerencias del fotógrafo, que le va lanzando nombres: Orson Welles… Chaplin… Y Álex de la Iglesia, el realizador, el que siempre manda, se transforma en actor, al que mandan, y adopta el poderío y la fuerza de Welles y la ternura poética e irónica de Chaplin. Convirtiéndose poco a poco en un personaje malévolo y peligroso. Pero también triste. El payaso de la lágrima pintada. Ya lo dice él: “El payaso triste es incómodo porque representa lo esencial de la vida. Es el contrapeso de la felicidad, el espejo en el que se tiene que mirar el payaso tonto. Sin un buen domingo aburrido, no existirían viernes divertidos”. La sesión no fue en viernes, pero resultó francamente divertida.

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