ANIMALARIO ENTRA EN LA PENUMBRA

Cuando la compañía teatral cumple 14 años y 13 obras, se aleja de la actualidad para presentar un viaje íntimo a los miedos y angustias a partir de sueños y pesadillas

PUBLICO.ES 09/12/2010

Ahí al fondo se ve una tenue luz, ni siquiera hay gritos. Sólo cuatro actores, una marioneta, una tienda de campaña de bebé y un sillón azul. La nave es gigante, blanca, altísima, profunda, nada que ver con el garaje en el que ensayaron Tito Andrónico. Y en una esquinita ellos, como sin querer molestar, calmados, buscándose los adentros, allí cuatro actores más Andrés Lima y su ayudante Laura. Un escenario mínimo y cuatro focos. El nuevo montaje de Animalario promete ser lo nunca visto a la compañía de teatro de urgencia política, que hará un paréntesis para respirar y buscar sentimientos y emociones en sueños y pesadillas, después de 14 años y 13 obras, con la que viene, titulada Penumbra.

Esta vez han encontrado un buen aliado: el Museo Reina Sofía, donde le ponen cuerpo a lo escrito desde hace un par de semanas. En el inmenso almacén todavía quedan los restos de la exposición que Miralda montó en el Palacio de Velázquez del Retiro. En otro momento del grupo quizás habría tenido sentido incorporar ese exceso y fanfarria del artista catalán al montaje de los madrileños. Pero ahora están en otras: “Empezamos a hacer una comedia política y nos ha salido un drama familiar”, dice Alberto San Juan. Si el sueño de la razón produce monstruos, el de la penumbra, sombras gigantes sobre las blancas paredes.

La idea inicial de San Juan y Andrés Lima era una reflexión sobre el papel actual de la clase obrera, pero los talleres evolucionaron hacia otro lugar totalmente distinto. Por muchas razones este montaje de Animalario promete ser único. La primera, el elenco es mínimo. Junto al actor mencionado, están Natalie Poza, Luis Bermejo y Willie Toledo, que vuelve a los escenarios tras cuatro años de parón teatral. Pone cara de circunstancias, y Lima le mima. Todavía faltan unas semanas hasta que la pieza se enseñe el 22 y 23 de diciembre, antes de su estreno definitivo, a finales de enero, en las Naves del Matadero de Madrid.

Terapia de grupo

La segunda razón es causa de la primera. Sólo en un grupo tan pequeño podrían abrirse a las experiencias que han puesto en común, como ha sucedido en esta ocasión. Allá por abril arrancaron con unos talleres en los que se pretendía aclarar el material para llevar a escena. Fue entonces cuando Lima llegó un día con la bomba atómica y todo el trabajo viró, les preguntó: “¿Qué es lo que más os duele?”. Así fue como partieron de la ilusión de una utopía común a un tratamiento personal de los sufrimientos, los deseos y las frustraciones, entre otras cosas.

Y empezaron a hablar de sueños, con la confianza de hacerlo entre amigos, sin miedo a abrirse más de la cuenta. Esto suena a terapia de grupo. Dispuestos a quitarse la coraza. Y con todo eso, tanto con sueños como pesadillas, urdieron algo. Que todavía siguen buscando, en la oscuridad, desde el silencio. Junto a los cuatro actores y el director estaban Juan Cabestany y Juan Mayorga, los dos dramaturgos de cabecera de la compañía que no se reunían desde que hicieran en 2003 Alejandro y Ana: lo que España no pudo ver del banquete de la boda de la hija del presidente.

“Todo ese material crudo sobre la vida y las preocupaciones se volcó sobre la mesa y nos pusimos a jugar, a hacer teatro, a asociar imágenes. No íbamos a escribir un texto convencional. De hecho, a diferencia de lo que ocurrió con Alejandro y Ana, en la que Juan y yo escribimos piezas independientes, aquí ha habido una intención de homogeneizar nuestros escritos y disolver la autoría”, cuenta Juan Mayorga, Premio Nacional de Teatro 2007, que asegura estar ante una “propuesta audaz y muy poco conservadora”.

En el riesgo, la familia hace de red sobre la que se soporta la narración. Es una parte oscura, “el referente más cercano del amor y el odio”, que dice Lima. Los cuatro actores dan vida a una familia en una casa de verano. La escenografía será una casa transparente de tres metros de altura, rodeada de plásticos como un mar.

Pinocho en la retina

“¿Nos puedes poner la música de juguetitos?”, pregunta Natalie Poza para calentar antes de empezar a trabajar la primera escena de la obra. “¡¿Dónde está el CD de Comelade?!”, pregunta Lima. Y empiezan a sonar los pianos de juguete del maestro Pascal. “En el fondo esto es Pinocho”, dice Lima detrás de la lámpara de su mesa. Pero un Pinocho especial, uno que “no habría aprendido nada después de salir de la ballena y hubieran pasado 45 años y siguiera igual”.

Las canas se han hecho hueco como las heridas entre ellos. “Ahora necesitamos hablar de nosotros mismos, ahora que nadie está muy bien de nada”, dice Lima con humor. “Nos preguntaban constantemente qué íbamos a hacer, que si el caso Gürtel… uff. Hay una reflexión sobre la incomunicación, sobre los miedos que nos alejan de la vida y, sobre todo, la educación de nuestros hijos: cómo contarle el mundo a nuestros hijos”, explica el director.

Los hijos y los hilos, la esperanza y el sometimiento. El protagonista de todo este ensueño es la marioneta que maneja Bermejo, como puede, “si es mal, mejor”, Lima de nuevo. Ensayan para ser marionetas ellos también, se descuelgan y vuelven a recuperar la vida. Arriba y abajo, arriba y abajo. Lima pide “ingenuidad con picardía”, para destacar el niño que se somete a las experiencias almacenadas que todo adulto lleva a cuestas. Lima advierte: “¡Cuidado con el equilibrio, que es lo más difícil de engañar!”.

La penumbra es lo íntimo, el anhelo de hablar bajito, sin megáfonos ni pancartas. Pero sin renunciar a entrar en conversación con los miedos y pesadillas de hoy, como cuenta Mayorga: “Hemos preferido atender al espíritu antes que a la coyuntura política, que pide permanentemente teatro”. Todos los sueños y preocupaciones que aparecen en escena son de ellos: de momento, la obra arranca con un salón en el que una madre, junto a sus vecinos extranjeros, miran un programa concurso de acertar palabras, sin hacer caso a la llamada de atención del hijo. “Apenas hay trama, es una apuesta por el estado emocional”, indica Cabestany.

Algo empieza a vislumbrarse a estas alturas de ensayos: es una obra para sentir, no para explicar. Como dice Juan Cabestany, que se ha acercado hasta la gran nave: “Estamos hechos de emociones antes que de ideología”. En un momento de descanso, Alberto San Juan asegura que tienen entre manos un montaje sobre la dificultad de crecer y de hacerse adulto y de aprender a convivir con el dolor: “Pero la cuestión de fondo sigue siendo la de siempre: la necesidad de aprender a amar”.

“Es autobiográfica porque trabajamos con el dolor personal”, comenta Natalie Poza. Willie Toledo añade que es un dolor heredado: “El miedo se pasa de padres a hijos, como las maneras de vivir que no son tuyas, sino impuestas desde una violencia silenciosa”. “Ponerse en el lugar de los padres también es difícil”, contesta Poza. “Sí, pero esta es, además, la visión de romper con todo eso, de deshacerse de la mochila cargada de insatisfacciones. Romper, elegir y sobrevivir”, vuelve Toledo. “Es un viaje emocional, no es una comedia. Es más, desde Alejandro y Ana no hacemos comedias, aunque el humor está… mira a Willie”, ríe San Juan. El actor cuenta que en otros montajes sólo han mostrado el miedo, pero que ahora se rebelan contra él: “Curiosamente, es el espectáculo más arriesgado, pero en el que con menos miedo está actuando la compañía”. La nave del Reina Sofía es como una gran pecera en la que Animalario bucea sin aprensión a las profundidades.

Animalario baja el volumen

Más personal

Alberto San Juan, Guillermo Toledo, Natalie Poza y Luis Bermejo entregaron sus miedos y angustias para alimentar la más personal de todas sus creaciones, como ellos mismos dicen. Después de 14 años y 13 espectáculos, después de las sonadas ‘Hamelin’ (2005), ‘Marat Sade’ (2007), ‘Argelino, servidor de dos amos’ (2007), ‘Hamelin’ (2008), ‘Urtain’ (2008) y ‘Tito Andrónico’ (2009), llegan con ‘Penumbra’ para trabajar más las emociones que la ideología.

Menos política

Juan Mayorga aclara que Animalario volverá a hacer el teatro de urgencia histórica que tenía acostumbrados a los espectadores, pero que de momento necesitan atenderse un poco a ellos mismos. La voluntad era más espiritual y menos política. “Es más autobiográfico, pero no incoherente: vamos a entrar en conversación con los miedos de nuestros días”. Los personajes viven atravesados por la incertidumbre y “la frustración de no haber encontrado lo prometido”, aclara el dramaturgo.

Los hijos

Para Andrés Lima, esta era la oportunidad de aclarar cómo queremos contarle el mundo a nuestros hijos. El trabajo emocional, a unas pocas semanas de los dos primeros pases antes del estreno en las Naves de Matadero a finales de enero, se agarra en la figura de Pinocho, en su ingenuidad, en su inseguridad. Pero un Pinocho que no aprende.  

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